
Psiquiatra, profesor, escritor, nacido en San Roque (Cádiz), este cordobés adoptivo llamado Carlos Castilla del Pino se ha ido como los grandes. Con más de sesenta años de profesión, trató a unos doscientos mil pacientes. Fue investigador y teórico de la psiquiatría, con una obra de extraordinario valor sobre la fisiología y la histología de la psique: Un estudio sobre la depresión, La culpa, El delirio, un error necesario, Introducción a la Psiquiatría, La hermenéutica del lenguaje, Teoría de los sentimientos. En su última etapa, escribió una personalísima obra literaria, compuesta por dos novelas, Una alacena tapiada y Discurso de Onofre, y dos tomos de una autobiografía paradigmática: Pretérito Imperfecto (1922-1949), y Casa del Olivo (1949-2004).
Maestro en sentido académico, fue también profesor vocacional, aunque la Dictadura le recanease un lugar en la carrera universitaria. Consiguió desarrollar su magisterio en el dispensario de psiquiatría de Córdoba. Con la democracia, fue nombrado profesor de la Facultad de Medicina de Córdoba, y desde allí colaboró en la reforma del sistema de salud mental español.
Hay en Castilla del Pino un ansia divulgadora, que ha ampliado el círculo del conocimiento social de la psiquiatría y de los problemas de la psico(pato)logía a través de conferencias y artículos que han llegado e interesado a amplias capas de la sociedad española. Y un intelectual cívico, ése que, desde su autoridad, nos hizo reparar en cuestiones acuciantes que a todos nos comprometían. Como muestra, dos ejemplos: Enrique Ruano, aquel joven muerto por la policía en 1969, al que Castilla del Pino trataba y para cuya causa trabajó hasta el esclarecimiento de la verdad. Otro es un artículo de 1973 en la revista Triunfo, Apresúrese a ver Córdoba, que alertaba de la acelerada e impune destrucción de nuestro patrimonio urbano.
El 29 de enero de 2009, Carlos Castilla asistió en el cementerio de Serantes a la conmemoración del décimo aniversario de la muerte de Gonzalo Torrente Ballester. Carlos Castila inició su amistad con Gonzalo Torrente en Ferrol, en 1947, cuando lo destinaron a cumplir los seis meses como alférez que culminaban su servicio militar. Desde entonces, Carlos amaba Galicia. Cuando volvió a recorrer la playa de Valdoviño y el cabo Prior, a contemplar el océano, a disfrutar de la imponente soledad del castillo de San Felipe, los dolores de su enfermedad pudieron ser aliviados por las imágenes del mar de Galicia, tan querido para él como los extensos olivares de Castro del Río, donde se recluyó para morir.
Septiembre 6, 2009 a las 10:13 pm |
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